La mayoría de las personas de
este mundo en cuanto tienen la oportunidad hablan de sí mismos con una
sinceridad pasmosa. Suelen decir frases del tipo “yo parezco tonto de tan
franco y sincero que soy” o “soy muy sensible y me manejo muy mal en este mundo”
o “yo leo el pensamiento de la gente”. Pero he visto innumerables veces como
personas “sensibles” herían sin más los sentimientos ajenos. He visto a
personas “francas y sinceras” esgrimir sin darse cuenta las excusas que más les
convenían. He visto como personas que “le leían el pensamiento a la gente” eran
engañadas por los halagos más burdos. Todo esto me ha llevado a pensar, ¿qué
sabemos, en realidad, de nosotros mismos? Cuanto más pienso en esto más reacia
soy a hablar de mí misma (si es que realmente hay necesidad de hacerlo)… Quizá
se deba a eso, pero me he habituado a trazar una frontera invisible entre mí
misma y los demás. Empecé a tomar una distancia perpetua ante el otro, fuera
quien fuese, y a mantenerla mientras estudiaba mi actitud. Aprendí a no creerme
todo lo que la gente dice.


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